
Volvió a levantarse, la herida volvía a llenarle el pecho de dolor. Estupendo, parecía que nunca llegaría a acostumbrarse a esa marca que permanecía indeleble a pesar del transcurso de los días. Se echa agua en la cara, nada consigue borrar su mirada perdida, su sonrisa triste... mira a todas partes, pero ella no está. Vuelve a tirarse en la cama, no hay fuerzas para otra cosa. Pasa las horas muertas pensando y pensando, lo que le ha dicho, lo que le dirá en el proximo encuentro. Sus opciones, esperanzas, recuerdos... todo forma parte de ella. A veces cuando cierra los ojos cree reconocer su olor, se toca la mano y recuerda cuando era la mano de ella y no otra la que lo agarraba, impidiendole caer. A veces consigue odiarla, le echa la culpa de que la herida no cicatrice. Tras varios minutos entiende que el odio en ocasiones, puede ser el amor más letal de todos.
